Mis amigas las hermanas Camps

Franck Fernández – traductor, intérprete, filólogo

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Año 1890. En la pujante ciudad de La Habana se produjo un terrible accidente en los establecimientos de la ferretería Isasi causando un pavoroso incendio. Los bomberos se apresuraron a hacer su trabajo, pero varias explosiones causaron la muerte de bomberos y civiles. El dolor de la ciudadanía ante tamaña tragedia fue enorme y los habitantes de la ciudad decidieron hacer una colecta pública para conmemorar para siempre a aquellos héroes que habían fallecido por el bien público y construirles un monumento funerario. Es el que aún se puede ver en el cementerio de Colón de La Habana, en la avenida central, a la derecha y cerca de la iglesia, predominando entre otros por su belleza y magnificencia. El trabajo de escultura se le encargó al catalán Agustín Querol. El maestro escultor trajo a su equipo desde su Cataluña natal, entre ellos al señor Gustavo Camps, padre de mis amigas. Cuando ya el señor Camps se encontraba instalado en La Habana hizo llegar desde Montjuic a su esposa y sus tres pequeñas hijas: Nena, Paca y Lola.

Una vez terminada su misión con el Monumento a los Bomberos, el Señor Camps obtuvo otro contrato en Los Ángeles. Decidieron hacer lo que habían hecho en su primer viaje, a saber, él partía primero y, una vez establecido, mandaba a buscar a su esposa y a sus hijas. Pero dicen que el hombre propone y Dios dispone y una fulminante pulmonía acabó con la vida del Señor Camps en Los Ángeles. ¿Qué hacer una mujer viuda y con tres niñas en una ciudad donde no conocían estrictamente a nadie? Pues se dedicaron a lo que sabían hacer: coser y bordar. Fue en esa época que se hicieron amigas de mis abuelos. El asunto es que cosían y bordaban tan bien que pronto las elegantes de La Habana fueron sus clientas por la calidad y la belleza de sus trabajos. Hicieron de su trabajo un pequeño emporio.

Más tarde las 3 hermanas casaron, también con españoles: Nena, la mayor, casó con un inspector de aduanas. Paca, la del medio, casó con Antonio, representante en Cuba de Maison Potin. Maison Potin era lo más refinado en tienda de ultramarinos de París hasta que llegó la época de los supermercados. Su tienda central estaba en el 103 Boulevard Sebastopol esquina a Rue de Réaumur, hermoso edificio ecléctico hoy ocupado por la cadena de supermercados Monoprix. Maison Potin de Cuba, gracias al éxito de su negocio en la rica Habana de la época y al encarnizado trabajo de mi amigo Antonio, llegaron a montar dos restaurantes cafeterías de gran standing en el barrio del Vedado. La tercera y más joven, Lola, casó con un señor propietario de 17 panaderías. Lola fue la primera en enviudar y nunca más se casó.

Hacia los años 40 se estaba urbanizando el que fue uno de los últimos distinguidos barrios de la capital cubana, el Nuevo Vedado. Allí había en una esquina un promontorio, esquina de la Calle 26 y Conill, que había sido escogido como opción de compra por algunos interesados, pero nadie lograba pagar el elevado costo de este predio. Con los fondos de la herencia de Lola se compraron el terreno y diseñaron una casa en la que realmente había tres apartamentos juntos bajo el mismo techo donde vivían las tres. La casa siempre tuvo sus paredes exteriores pintadas de chocolate.

Dicen que buen gusto y dinero no siempre van de la mano, pero en el caso de las hermanas Camps sí había muy buen gusto. Eran tres mujeres muy elegantes y siempre a la moda. Su casa era un verdadero escaparate de porcelana, cristalería, platería, no pocos óleos exponentes de la pintura española, y de todas esas cosas hermosas y útiles que hacen de la vida algo placentero. El dinero en esa casa era bien utilizado. Pero llegó la revolución de enero de 1959 y con ella las nacionalizaciones. Primero falleció Nena, ya muy mayor, después Lola, y en aquella gran casa quedo sola Paca. Tuve la posibilidad de visitarla en la Habana en 1991 después de muchos años de ausencia. De aquella mujer elegante no quedaba nada. En un pie llevaba un zapato y en el otro el de otro par de color diferente. Al ver que le miraba los pies me dijo: -Por favor, perdóname, pero no tengo otros zapatos que ponerme. Yo indebidamente le pregunté: -Paquita, ¿no te da tristeza vivir en esta casa con todas las hermosuras que hubo y de las que hoy ya no queda nada? Ella, en una perfecta clase de filosofía y entereza humana, me respondió algo que nunca olvidaré y que intento llevar como divisa de vida: –Los bienes materiales van y vienen. Todas las hermosas cosas que teníamos sirvieron para que, en esta casa, desde el año 1959, nunca faltara un pollo en la mesa.

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