El Incendio de Moscú

Franck Fernández – traductor, intérprete, filólogo

Hay algunos personajes de la historia que son admirados por unos y odiados genéticamente, de generación en generación y así por siglos, por otros debido al daño que causaron en sus tierras. Éste es el caso de Napoleón Bonaparte, quien se autocoronó emperador de Francia como Napoleón Primero. Siendo ya dueño de casi toda Europa y teniendo a vasallos o familiares en los reinos y estados del continente, sólo Inglaterra, separada del resto de Europa por el Canal de la Mancha, resistía los designios napoleónicos.

Alejandro Primero, en estos momentos zar de Rusia, si bien había logrado una perentoria paz con Napoleón, continuaba las actividades comerciales con Inglaterra, enemiga jurada de Napoleón, lo que fue considerado por el francés como una traición del ruso. Esto fue suficiente para que Napoleón, en sus delirios de grandeza, quisiera también conquistar la Santa Tierra Rusa. Fue así que entró, a pesar de los consejos contrarios de algunos de sus mariscales, en la inmensa estepa rusa, alcanzando al comienzo algunas victorias en batallas que le permitía el General Kutúzov, designado por el zar como general en jefe de los ejércitos de su país. La estrategia de Kutúsov era que Napoleón se adentrara cada vez más en territorio ruso. Estas tropas estaban compuestas no sólo por soldados y oficiales franceses, sino por toda una amalgama de soldados de los países vasallos a Francia que se habían unido a ellos, amén de millares de civiles que servían con sus oficios a los militares y, como si fuera poco, éstos a su vez acompañados por sus mujeres e hijos. En total, medio millón de soldados formaban el Gran Ejército, la Grande Armée de Napoleón. Después de la batalla de Borodino, cerca de Moscú, en la que Napoleón salió victorioso, las tropas del francés lograron presentarse a las puertas de Moscú el 14 de septiembre de 1812.

Recordemos que Pedro el Grande había fundado la ciudad de San Petersburgo, ventana a Europa y con un puerto que facilitaba el comercio con el resto del mundo. Moscú ya no era la capital del imperio. Sin embargo, era la capital espiritual y no por eso dejó de ser el lugar de coronación de todos los emperadores rusos. Moscú era la capital de la Santa Madre Rusa, de la religión ortodoxa rusa y del corazón de todos los rusos, siendo San Petersburgo, cierto muy elegante y refinada, la capital administrativa, sede del gobierno y residencia del zar y su corte.

Al llegar a Moscú Napoleón y la Grande Armée encontraron una ciudad desierta, sólo habitada por algunos sirvientes, comerciantes extranjeros, policía disfrazada de mendigos, verdaderos mendigos y religiosos ortodoxos que esperaban inmolarse antes las tropas del que era considerado como el mismísimo Anticristo. El gobernador de la ciudad era el Conde Fiódor Rospotchín y dio la orden de que todos los habitantes salieran de la ciudad con sus víveres, sus animales de tiro y las bombas de lucha contra incendios. Aquellas bombas contra incendios que no pudieron ser transportadas fueron destruidas. Justo a la llegada de los franceses comenzó un intenso saqueo de joyas, obras de arte, pieles, cuadros y todo objeto de valor que, en su huida, la población había dejado atrás. A la mañana siguiente comenzaron los incendios. Los rusos prefirieron destruir su sagrada capital a que sirviera de refugio al enemigo. El incendio durante días consumió el 90% de la ciudad, entendiéndose que la mayoría de las construcciones de Moscú eran de madera y sólo el 20% de ellas estaban construidas con ladrillos y cemento. Esto no fue impedimento para que también el fuego acabará con ellos. A los pocos días comenzaron lluvias intensas que fue lo que realmente logró controlar los incendios.

Napoleón, a pesar de que veía que el cruel invierno ruso llegaba apresuradamente, consideró seguir esperando en el Kremlin, donde se había alojado, respuestas a las proposiciones de paz que le había enviado a Alejandro. Éste, con ladina inteligencia, sólo quería ganar tiempo, dando respuestas vagas y dilatorias esperando la llegada del muy ansiado invierno. El 14 de octubre, con la llegada de las primeras nieves, Napoleón decidió regresarse a París ante la evidencia de no obtener ninguna respuesta sólida de Alejando y rumores de golpe de estado en París. Napoleón no tuvo la inteligencia de preparar a sus soldados a un regreso en las condiciones del rudo invierno ruso. Él, con tal de conservar su trono y en un acto de bochornoso egoísmo, corrió a París dejando atrás a todos los suyos. En su camino de regreso por las inhóspitas y gélidas estepas rusas, acosados por guerrilleros y campesinos que los asesinaban cruelmente, los soldados de la Grande Armée abandonaban los frutos de sus saqueos, demasiado pesados para ser transportados con hambre, hostigamiento y frío. Los soldados franceses, por agotamiento, hambre y estrés fueron muriendo y quedando bajo los campos nevados. El General Kutúzov, por su parte, había logrado reunir tres ejércitos que pisaban los talones del francés en estampida. En el río Berézina los franceses lograron construir un puente de fortuna por el que pasaron en primer lugar mariscales y oficiales de la Grande Armée y, ante la inminente llegada de los ejércitos de Kutúzov, los oficiales tuvieron la cobardía de incendiarlo, muriendo por miles los de la retaguardia, incluyendo mujeres y niños, ya sea por el incendio del puente, por las gélidas aguas del río o por las tropas de Kutúzov. Cómo se ha dicho, la historia que no se aprende se está condenado a revivirla. Hitler en 1942, al violar la alianza que tenía con Stalin e invadir la Unión Soviética, revivió casi exactamente la experiencia de Napoleón 130 años antes

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